En el Día Internacional del Libro quisimos este curso realizar una actividad diferente a la mecánica habitual del día a día en la clase de Lengua castellana y literatura de 1º de Bachillerato y acorde, obviamente, con las circunstancias del 23 de Abril... Porque como dice la Unesco, se promulga "el Día Internacional del Libro" en conmemoración de tres grandes escritores: el entierro de Miguel de Cervantes Saavedra (según el calendario gregoriano), la muerte (y probablemente también el nacimiento) de William Shakespeare (según el calendario juliano) y la muerte de Inca Garcilaso de la Vega"... Nos sobran, pues, los motivos...
Se trataba de realizar una exposición oral de unos tres, cuatro minutos por parte de los alumnos de forma individualizada y ante el resto de los compañer@s y desde la mesa del profesor. La tarea puntuaba para la 3ª evaluación e intentamos desde un principio que tuviera un cierto carácter relajado, de disfrute y, ante todo, se realizó para conmemorar de qué día se trataba, de que tod@s podríamos compartir y recomendar alguna lectura en el citado día, algún libro de nuestras vidas.
Me consta que la empresa era complicada. Difícil. Pero dada la "no imposición" del libro de lectura, más factible que otras empresas de este calibre relacionadas con este tema. Porque qué queréis que os diga, ni a los adolescentes ni a nadie les atrae la idea de la imposición de la lectura. Y como docentes, sabemos que cada una de las lecturas que nuestros alumnos han de leerse cada evaluación genera y conlleva malestar y casi nunca son bien recibidas y menos bien leídas. Leer es un acto optativo. Nunca una obligación. Porque el placer de leer -y así debe ser entendida la lectura- conlleva la libertad de per se.
Durante aquella semana del 23 de abril, en cada uno de los cuatro grupos de 1º de Bachillerato -dado su carácter semipresencial- entregamos una ficha en la que los alumnos tenían que responder a una serie de cuestiones relacionadas con el libro que habían escogido. A continuación, cada uno de ellos salía a la pizarra mostrando su propio libro -había que traerlo de manera obligatoria- y exponía delante de sus compañeros las preguntas que previamente había estado contestando. Se trataba de una tarea relativamente sencilla. No había que realizar el análisis morfológico de una palabra formada por parasíntesis en la que había infijos discontinuos. Ni dilucidar el límite entre una sigla y un acrónimo o un merónimo de su holónimo. No. Se trataba de un espacio conocido, de unos personajes familiares, sin antagonistas aparentes, de un tema de libre elección... en un presente que bien podría ser histórico.
Las reacciones y resultados ante una breve prueba oral, de libre elección, previamente guiada por escrito, durante tres o cuatro minutos, con alumnos de dieciséis y diecisiete años generan una interesante lectura. Los alumnos en el sistema educativo español no están acostumbrados a este tipo de pruebas y algunos mostraban un cierto nerviosismo, pese a todas las circunstancias que jugaban a su favor. Otros, se aferraban a la ficha que acababan de rellenar sin apenas mirar a los interlocutores. Otros, gestionaron sobradamente el tema con seguridad.
¿Qué conclusiones extraemos de este día? Pensamos que hay que potenciar sin duda este tipo de actividades en el aula desde ya por parte de los docentes. Trabajar -en condiciones, claro- la comprensión y expresión oral en el aula es un aspecto bastante pendiente en el sistema educativo español, aunque sin duda alguna ahí estén los muchos criterios de los cuáles dependamos los docentes, con sus imposiciones tanto operantes como inoperantes -sin ir más lejos las ratios-... el Currículum en última instancia.
Personalmente recomiendo esta actividad. La repetiremos el próximo curso. Ese día en el que se conmemora que hay historias enlazadas por palabras que nos generan endorfinas y nos transportan a otros mundos. Y que compartimos. Que pese a que el mundo del libro siempre esté en peligro de "no sé qué" debido a su competitividad con las "pantallas" (Der Bildschirm), a los docentes nos apetece buscar alguna excusa siempre para potenciarlo, y el Día del Libro es un buen motivo.
Esa semana del 23 de abril aprendí más de los alumnos que ellos de mí. De nuevo. Pisar el aula cada día es una aventura que hay que saber ir gestionando en cada momento del partido, en cada uno de los 55 minutos que dura la sesión.. Cada día es como una expedición o descubrimiento. Yo aprendí también que algunos alumnos eligieron la lectura obligatoria de alguna de las evaluaciones del curso de Lengua castellana y literatura, lo cual me produjo satisfacción; es decir, La caligrafía secreta, de César Mallorquí: Aprendí y me alegré de que afortunadamente también escogieron textos en otros idiomas, fundamentalmente en inglés y valenciano; Aprendí que la saga Crepúsculo continúa enamorando y enganchando al público de la Generación Z, trece años después de su primera edición; Que algunos alumnos quisieron aportar esos clásicos atemporales de la literatura que nos siguen enamorando como El doctor Jeckyll y Mr. Hyde; Que afortunadamente hay mucha/os seguidor/as de Laura Gallego en la ESO y que todo ello es gracias a la tarea que los docentes realizamos o fruto de nuestras decisiones; Que pese a que aquello iba de libros y era una tarea más de la evaluación con su nota correspondiente, nos divertimos, expectantes, con cada una de las lecturas que los alumnos de 1º de Bachillerato escogieron, saliendo a la palestra, auf die Buhne. Porque con la libre elección de la lectura, es como con todo... you can fly...


