8/28/2025

El viejo tañedor de campanas

 

El viejo tañedor de campanas

 

Tras lustros y lustros desempeñando las tareas de campanero en Marvia, una pequeñísima población de apenas cien habitantes, decidió que tenía que marcharse para volver. Volvería a su cabaña, la que dejó para desempeñar un trabajo más que apasionante para él pero que lo mantenía ocupado dieciséis horas del día. Había llegado el momento. Ya era viejo. Y su cabaña en medio de la naturaleza, aquella en la que nació, le estaba esperando. Se conectaría al poder de la tierra, del pinar que rodeaba todo su espacio habitable y vital, de la clorofila, de todos aquellos pequeños seres vivos que lo visitaban y le ayudaban a crear días inigualables. Compartiría a partir de mañana su vida en aquel allí, y en unas horas.

Sus pasos se dirigirían inmediatamente a casa del nuevo párroco que había estado contando con él con la misma confianza que el anterior y con el que tantísimo tiempo pasó. Aquel que lo preparó para el trabajo de su vida. La gestión de este asunto le urgía y ese mismo día se dirigió a la iglesia:

- Padre, ya le comenté hace un mes que mi final estaba llegando. Hoy será mi último día como tañedor de campanas. Me esperan. Fue así de contundente y de categórico.

Bien pronto corrió la noticia por Marvia, rauda como un vendaval que no tiene donde asirse por la propia inercia de su fuerza. Absolutamente todos sus más bien viejos habitantes se dieron cuenta de que el hasta hoy sempiterno tañedor de su campana, cuyo nombre se desconocía, había sido una persona muy importante en sus longevas vidas… ¿Quién les despertaría por la mañana? ¿Quién festejaría con ellos los días importantes en el pueblo? ¿Quién recordaría a sus muertos? ¿Se les olvidarían los acontecimientos rutinarios de todos los días del año sin él?

El viejo tañedor miró por la ventana de su casa por última vez y la amplitud de la sombra de la luz de la luna llena le indicó que ya casi eran las doce. Estaba casi sordo por el estruendoso ruido que cada quince minutos tenía que crear él con sus propias manos, porque también él era un artista, creador de arte, del arte del tañer de su campana, pero conocía su trabajo incluso mejor que cuando era joven. Y subió esos pocos escalones por última vez, porque vivía casi casi con ella, cerquita también de la luna llena, de los pájaros libres, de los rayos de sol, de la cercana brisa…

Aquella noche todos los habitantes escucharon, según ellos en ese momento, el triste tañer de su campana en la que, según la mayoría, sería su última vez en manos de aquel buen hombre. Más que escucharla la abrazaron con todos sus sentidos porque presentían que nadie como él podría hacerlo con todo el sentimiento y cadencia que ponía. Casi todos ellos se entregarían en su tañer, devotos, a aquel acto en el que aquel habitante más del pueblo realizaba su trabajo con todo su corazón para ellos. Pero la pregunta brillaba por su presencia en las casas, por sus empinadas calles, en el bosque… ¿Quién realizaría aquel trabajo a partir de ya? ¿Vivirían sin el tañer?

-Eso sería inexplicable, gritaban todos a una.

El viejo hombre tocó los cuatro cuartos por última vez, al igual que las doce campanadas que anunciaban esa hora, de forma manual, como siempre lo había realizado. Y lo hacía ya por instinto, por la inercia del que realiza ya algo como si no lo realizara después de tantas veces realizado. Porque lo sentía así, como siempre. Bajó las escaleras, entró a su casa, cogió su mochila y cerró la puerta. Sin melancolía, con la certeza del que sabe que unas pocas horas después estaría en el sitio en que debería estar, ya sabiéndolo.

Los habitantes de Marvia durmieron esa noche por un lado presos de una cierta amargura, aquel viejo habitante desaparecería, pero por otro lado inquietos, intranquilos, ya que desconocían el futuro del tañer de la última campana que sonaba de forma manual en toda la comarca, y quién sabe en todo el país. Porque tenían la incerteza de qué sería de sus vidas sin ese ritmo acompasado que cada quince minutos les confería la seguridad del presente, les colocaba en un lugar en el mundo, tangible, les marcaba el camino aún sin saberlo.

Pero algo inusitado pasó al día siguiente. Porque todo pasa un día. Porque cada hecho que ocurre tiene su día. Y es que la campana sonó como cualquier otro día, a su hora, como un día normal y corriente. Muchos salieron a la calle y la gente no daba crédito a la inaudita realidad que acababan de escuchar. Era como siempre. Un día más… con esa misma cadencia y tonalidad. Su vieja campana tañía.

El tiempo pasó y los habitantes del pequeño pueblo jamás se preguntaron el motivo por el cuál todo seguía igual. Sería mejor no indagar, no presuponer y, ante todo, confiar en que todo seguía igual. La vida seguiría igual. Porque ellos continuaban recibiendo la misma energía de siempre, y que seguía funcionado proporcionándoles todo lo que ellos necesitaban.

Cuenta la leyenda que había una vez un pequeño pueblo en el que el espíritu del viejo tañedor de campanas de toda la vida de ese lugar se encargaba de realizar las tareas que antes realizaba su cuerpo. Y cuenta también la leyenda que en un lugar relativamente cercano vivía un hombre viejo feliz que siempre sonreía satisfecho cada quince minutos rodeado de naturaleza…

 

Isabel Mejías Crespo  -  Agosto 2025

 

 

 

 

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