El viejo
tañedor de campanas
Tras lustros y lustros
desempeñando las tareas de campanero en Marvia, una pequeñísima población de
apenas cien habitantes, decidió que tenía que marcharse para volver. Volvería a
su cabaña, la que dejó para desempeñar un trabajo más que apasionante para él
pero que lo mantenía ocupado dieciséis horas del día. Había llegado el momento.
Ya era viejo. Y su cabaña en medio de la naturaleza, aquella en la que nació,
le estaba esperando. Se conectaría al poder de la tierra, del pinar que rodeaba
todo su espacio habitable y vital, de la clorofila, de todos aquellos pequeños
seres vivos que lo visitaban y le ayudaban a crear días inigualables.
Compartiría a partir de mañana su vida en aquel allí, y en unas horas.
Sus pasos se dirigirían
inmediatamente a casa del nuevo párroco que había estado contando con él con la
misma confianza que el anterior y con el que tantísimo tiempo pasó. Aquel que
lo preparó para el trabajo de su vida. La gestión de este asunto le urgía y ese
mismo día se dirigió a la iglesia:
- Padre, ya le comenté hace un
mes que mi final estaba llegando. Hoy será mi último día como tañedor de
campanas. Me esperan. Fue así de contundente y de categórico.
Bien pronto corrió la noticia
por Marvia, rauda como un vendaval que no tiene donde asirse por la propia
inercia de su fuerza. Absolutamente todos sus más bien viejos habitantes se
dieron cuenta de que el hasta hoy sempiterno tañedor de su campana, cuyo nombre
se desconocía, había sido una persona muy importante en sus longevas vidas…
¿Quién les despertaría por la mañana? ¿Quién festejaría con ellos los días importantes
en el pueblo? ¿Quién recordaría a sus muertos? ¿Se les olvidarían los
acontecimientos rutinarios de todos los días del año sin él?
El viejo tañedor miró por la
ventana de su casa por última vez y la amplitud de la sombra de la luz de la
luna llena le indicó que ya casi eran las doce. Estaba casi sordo por el
estruendoso ruido que cada quince minutos tenía que crear él con sus propias
manos, porque también él era un artista, creador de arte, del arte del tañer de
su campana, pero conocía su trabajo incluso mejor que cuando era joven. Y subió
esos pocos escalones por última vez, porque vivía casi casi con ella, cerquita
también de la luna llena, de los pájaros libres, de los rayos de sol, de la cercana
brisa…
Aquella noche todos los
habitantes escucharon, según ellos en ese momento, el triste tañer de su
campana en la que, según la mayoría, sería su última vez en manos de aquel buen
hombre. Más que escucharla la abrazaron con todos sus sentidos porque
presentían que nadie como él podría hacerlo con todo el sentimiento y cadencia
que ponía. Casi todos ellos se entregarían en su tañer, devotos, a aquel acto
en el que aquel habitante más del pueblo realizaba su trabajo con todo su
corazón para ellos. Pero la pregunta brillaba por su presencia en las casas,
por sus empinadas calles, en el bosque… ¿Quién realizaría aquel trabajo a
partir de ya? ¿Vivirían sin el tañer?
-Eso sería inexplicable,
gritaban todos a una.
El viejo hombre tocó los cuatro
cuartos por última vez, al igual que las doce campanadas que anunciaban esa
hora, de forma manual, como siempre lo había realizado. Y lo hacía ya por
instinto, por la inercia del que realiza ya algo como si no lo realizara
después de tantas veces realizado. Porque lo sentía así, como siempre. Bajó las
escaleras, entró a su casa, cogió su mochila y cerró la puerta. Sin melancolía,
con la certeza del que sabe que unas pocas horas después estaría en el sitio en
que debería estar, ya sabiéndolo.
Los habitantes de Marvia
durmieron esa noche por un lado presos de una cierta amargura, aquel viejo
habitante desaparecería, pero por otro lado inquietos, intranquilos, ya que
desconocían el futuro del tañer de la última campana que sonaba de forma manual
en toda la comarca, y quién sabe en todo el país. Porque tenían la incerteza de
qué sería de sus vidas sin ese ritmo acompasado que cada quince minutos les
confería la seguridad del presente, les colocaba en un lugar en el mundo,
tangible, les marcaba el camino aún sin saberlo.
Pero algo inusitado pasó al día
siguiente. Porque todo pasa un día. Porque cada hecho que ocurre tiene su día.
Y es que la campana sonó como cualquier otro día, a su hora, como un día normal
y corriente. Muchos salieron a la calle y la gente no daba crédito a la
inaudita realidad que acababan de escuchar. Era como siempre. Un día más… con esa
misma cadencia y tonalidad. Su vieja campana tañía.
El tiempo pasó y los habitantes
del pequeño pueblo jamás se preguntaron el motivo por el cuál todo seguía
igual. Sería mejor no indagar, no presuponer y, ante todo, confiar en que todo
seguía igual. La vida seguiría igual. Porque ellos continuaban recibiendo la
misma energía de siempre, y que seguía funcionado proporcionándoles todo lo que
ellos necesitaban.
Cuenta la leyenda que había una
vez un pequeño pueblo en el que el espíritu del viejo tañedor de campanas de
toda la vida de ese lugar se encargaba de realizar las tareas que antes
realizaba su cuerpo. Y cuenta también la leyenda que en un lugar relativamente
cercano vivía un hombre viejo feliz que siempre sonreía satisfecho cada quince minutos
rodeado de naturaleza…
Isabel Mejías Crespo -
Agosto 2025
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